Es una meditación
sobre la necesidad que tiene el artista de ser amado por
el poder, necesidad tan fuerte como la que el poder tiene
de ser amado por el artista.
Es una fantasía basada
en la terrible experiencia de Mijail Bulgákov, enorme
escritor al que el stalinismo condenó al silencio.
La acción transcurre en los años treinta, cuando,
desesperado por la censura absoluta que cae sobre su obra,
Bulgákov se convierte en «escritor para un sólo
lector»: escribe carta tras carta a Stalin reclamando o su
libertad como artista en la URSS, o su libertad para salir
del país. Marginado de una sociedad ante la que se
le presenta como traidor, sólo sostenido por el aliento
de su esposa, Bulgákov espera en vano una respuesta
del gran camarada.
Hasta que un día recibe una llamada
telefónica de alguien que se identifica como Stalin.
Bulgákov no tiene ninguna duda al respecto: es
—212→
Stalin
quien le llama, quien se dirige a él respetuosamente,
quien elogia su obra. Por desgracia, la llamada se corta
cuando el dictador está a punto de proponer a Bulgákov
un encuentro cara a cara.
Aquella llamada interrumpida es
la pequeña base sobre la que Bulgákov levanta
una gran esperanza. Tanto como desea ser libre, el artista
desea volver a oír la voz del tirano. Ambos deseos
le llevan a escribir compulsivamente, a la búsqueda
de la carta magistral capaz de conquistar a Stalin. Su deseo
de encontrarse con él le arrastra muy lejos del mundo
real, al que su esposa quiere mantenerlo unido. Por fin,
en su enajenación Bulgákov realiza su deseo:
un Stalin fantasmagórico le visita. Pero la mujer
no cederá al fantasma su lugar, sin lucha.
A partir de un hecho real, el escritor penetra en un proceso
paranoico que le conducirá a una práctica de
autodestrucción, no sólo de su creación
literaria sino también de su entorno familiar. Las
ficciones del escritor irán creando una imagen en
la que el monstruoso dictador se convertirá en un
inquietante compañero de fatigas hacia un horizonte
sin futuro. Tal vez los intelectuales se muevan, a veces,
en el delicado equilibrio entre la sacralización o
la demonización cuando sus relaciones con la realidad
se deforman por efecto de una mirada aislada de los problemas
cotidianos. Desde luego, el stalinismo, como cualquier tipo
de régimen dictatorial, no fue un juego de niños
y, por ello, muchos de los más grandes hombres de
la cultura nacida de la revolución de octubre fueron
eliminados no sólo de las fotografías, sino
también de la vida cotidiana por medios tan soeces
como el fusilamiento o la inducción al suicidio. Bajo
estas condiciones de falta de libertad ¿se puede
—213→
escribir
dando rienda suelta a un mundo propio alejado de los fantasmas
de la autocensura o de la tortura cierta de la censura? Dilemas
que quizás convenga recordar en tiempos de democracia,
por muy burguesa que sea, pues no hace tanto en nuestro país
ocurrieron casos que muy bien pudieran parecerse al de Bulgákov.
Dejar a un lado la memoria histórica es jugar con
fuego y si no que se lo pregunten a los espíritus
de esa vieja Europa que con tanta frecuencia abren la caja
de Pandora para sacar a pasear sus carencias y sus vergüenzas.
I
|
|
BULGÁKOV escribe. Hasta que nota que su mujer
lo está mirando. Ella acaricia la mano con la que
él escribe.
|
BULGÁKOVA.-
¿Sabes cuánto
he deseado este momento? Llevabas meses sin hacerlo. Ni una
palabra desde Corazón de perro. ¿Qué es? ¿Una
comedia? |
|
(BULGÁKOV niega.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Una
novela? ¿La segunda parte de La guardia blanca? |
|
(BULGÁKOV
niega.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Un poema? |
BULGÁKOV.-
Una carta. |
BULGÁKOVA.-
(Decepcionada.) ¿Una carta?
|
BULGÁKOV.-
¿Quieres que te la lea? |
BULGÁKOVA.-
Sabes que me gusta ser la primera en conocer tus obras. Una
carta es otra cosa, desde luego. Al verte con la pluma sobre
el
—214→
papel, pensé que... Pero has vuelto a sentarte
aquí, eso es lo que importa. Lo importante es que
has vuelto al lugar en que escribiste El apartamento de Zoika.
Claro que sí, léeme esa carta. |
BULGÁKOV.-
(Leyendo.) «Estimado camarada: Mi obra La huida, cuyo estreno
estaba previsto para el próximo septiembre, ha sido
prohibida durante los ensayos. Las representaciones de La
isla púrpura han sido prohibidas. Los días
de los Turbín, después de trescientas representaciones,
ha sido prohibida. El apartamento de Zoika, después
de doscientas representaciones, ha sido prohibida. Así
pues, mis cuatro obras teatrales se encuentran prohibidas.
La edición de mis relatos ha sido prohibida, igual
que han sido prohibidos mis ensayos satíricos. La
lectura pública de Las aventuras de Chichikov ha sido
prohibida. La publicación de mi novela La guardia
blanca en la revista Rossia ha sido prohibida. No tengo ánimos
para vivir en un país en el que no puedo ni representar
ni publicar mis obras. Me dirijo a usted para pedirle que
se me devuelva mi libertad como escritor (Pausa.) o se me
expulse de la Unión Soviética junto con mi
esposa». |
|
(Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Irnos de Rusia, Mijail?
|
|
(Largo silencio. BULGÁKOV no replica.)
|
BULGÁKOVA.-
¿De verdad crees que podemos vivir en otro país? No
creo que podamos. Es nuestro cielo, nuestra lengua, nuestra
gente...
|
|
(Largo silencio. BULGÁKOV no replica.)
|
BULGÁKOVA.-
Ya, ya sé que todos parecen haber
cambiado, que éste ya no es el país en que
nacimos, pero aquí, en esta casa... Ocurra lo que
ocurra ahí fuera, nosotros, tú y yo, podemos
ser felices aquí, juntos. |
|
(Largo silencio. BULGÁKOV
no replica.)
|
BULGÁKOVA.-
Lo importante es que estemos
juntos. Donde sea, Mijail, donde tú quieras, con tal
de que estemos juntos. |
|
(Lo toca con amor. Él besa
las manos de ella.)
|
BULGÁKOV.-
«Firmado: Mijail Bulgákov.
Moscú, julio de 1929». |
|
(Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
¿A quién la diriges? |
BULGÁKOV.-
A Stalin.
|
|
(Pausa.)
|
—215→
|
II
|
|
BULGÁKOV lee una carta a su mujer.
Con poca pericia, ella le remienda una camisa.
|
BULGÁKOV.-
«Estimado camarada: Durante los últimos años,
he contabilizado trescientos un artículos aparecidos
sobre mí en la prensa soviética. Tres eran
laudatorios; doscientos noventa y ocho, injuriosos. «Bulgákov
es un perro que rebusca en la basura», así me ha caracterizado
el número ocho de Izvestia. En el número catorce
del Komsomolskaia se me llama «burgués que lanza escupitajos
empozoñados pero impotentes sobre la clase trabajadora».
Todas mis obras han recibido comentarios corrosivos por parte
del diario Pravda. Incluso en la Enciclopedia Soviética
he sido insultado. (Pausa.) Toda la prensa soviética,
y junto a ella todas las instituciones encargadas del control
del teatro, se esfuerzan en demostrar que un escritor como
Mijail Bulgákov no puede vivir en la Unión
Soviética. Probablemente, tienen toda la razón».
(Interrumpe la lectura, irritado.) ¿Puedes dejar eso? ¿Puedes
tomarte esto en serio? |
|
(La mujer deja lo que está
haciendo.)
|
BULGÁKOVA.-
Te estoy escuchando. Te he
escuchado todo el tiempo. |
BULGÁKOV.-
Necesito más.
Lo que yo necesito... ¿Por qué Stalin no responde
a mis cartas? ¿Puedes decírmelo? ¿Qué es lo
que estoy haciendo mal? |
|
(Silencio.)
|
BULGÁKOVA.-
Tú eres el escritor. Conoces el efecto de las palabras
sobre la gente. ¿Cómo reaccionará Stalin ante
una frase como ésta? (Lee.) «Toda la prensa soviética,
y junto a ella todas las instituciones encargadas del control
del teatro, se esfuerzan en demostrar que un escritor como
Mijail Bulgákov no puede vivir en la Unión
Soviética.» ¿Cómo reaccionará Stalin
ante esas palabras?
|
|
(BULGÁKOV no lo sabe. Silencio.)
|
BULGÁKOVA.-
Ojalá yo pudiera ayudarte... No
conozco a Stalin. Lo más cerca que he estado de él
ha sido en el estreno de Los días de los Turbín.
Me dio la mano. Lo único que recuerdo de él
son sus manos. El modo en que movía las manos. |
|
(Intenta
imitar el modo en que STALIN movía las manos. Pausa.)
|
—216→
|
BULGÁKOVA.-
Si eso te ayuda, puedo... Imaginar que
soy Stalin y reaccionar como él reaccionaría
ante tu carta. Puedo ponerme en su lugar. |
BULGÁKOV.-
¿Ponerte tú en su lugar? ¿Tú en el lugar del
hombre que ha prohibido mis obras? |
BULGÁKOVA.-
Si
eso te ayuda... |
BULGÁKOV.-
Casi ha vuelto loco a
nuestro amigo Zamiatin. Ha fusilado a Pilniak. Ha logrado
que Malakowski se suicide. |
BULGÁKOVA.-
Quiero ayudarte.
|
BULGÁKOV.-
¿Ponerte en la piel de ese hombre al que
odio? Al que odias. |
BULGÁKOVA.-
Con todas mis fuerzas,
así lo odio. Pero incluso los hombres más odiosos
creen tener razones para hacer lo que hacen. Y tú,
Mijail, necesitas encontrar esas razones. Necesitas encontrar
sus razones para volverlas contra él. |
|
(BULGÁKOV
vacila.)
|
BULGÁKOV.-
No funcionará. Sólo
sabes cómo mueve las manos. ¿Qué sabes sobre
su alma? |
BULGÁKOVA.-
Usa tu imaginación. Imagina
que soy Stalin. |
BULGÁKOV.-
Eres la mujer que amo.
¿Cómo voy a imaginar...? |
|
(Pero ella ya está
buscando en su cuerpo el de STALIN. Sin convicción,
BULGÁKOV acepta.)
|
BULGÁKOV.-
Está bien,
juguemos un rato. Supongamos que eres Stalin. |
|
(BULGÁKOV
escribe. Ella intenta representar ante él las reacciones
de STALIN.)
|
BULGÁKOV.-
Acabo de recibir un oficio
del Comité Central del Teatro. Me comunican que se
deniega el permiso de representación a mi última
obra, La isla púrpura. En un par de renglones queda
sepultado mi trabajo de años. No puedo escribir una
palabra más sin preguntarme: Cuanto vaya a escribir
en el futuro, ¿está condenado de antemano? |
|
(Silencio.
Escéptico, BULGÁKOV espera la reacción
de su mujer. Ella vacila; busca postura, tono.)
|
—217→
|
BULGÁKOVA.-
Camarada Bulgákov... |
|
(BULGÁKOV niega, parodia
la postura, el tono de su mujer: «Camarada Bulgákov...».
La dirige hacia otra postura, otro tono: «Camarada Bulgákov...».
Ella vuelve a intentarlo.)
|
BULGÁKOVA.-
Camarada Bulgákov...
¿Es usted consciente de...? (Se arrepiente; busca otra postura,
otro tono.) Con La isla púrpura ha ido demasiado lejos.
Ni siquiera su amigo Zamiatin se había atrevido a
tanto. |
BULGÁKOV.-
Stalin jamás diría
eso. «Ni siquiera su amigo Zamiatin se había atrevido
a tanto». Stalin jamás me compararía con el
pobre Zami... |
BULGÁKOVA.-
(Interrumpiéndole.) El Comité Central del Teatro ha calificado La isla
púrpura como un libelo contra la Revolución.
|
|
(Pausa. BULGÁKOV escribe.)
|
BULGÁKOV.-
No
escribí La isla púrpura contra la Revolución,
sino precisamente contra el Comité Central del Teatro...
El Comité no es la Revolución, sino el asesino
del espíritu creador. Su objetivo es... su objetivo
es formar artistas atemorizados y serviles... Por eso dispara
contra mí. Porque para Mijail Bulgákov la lucha
contra la censura constituye el mayor deber de un artista.
Un artista al que la libertad no es necesaria viene a ser
como un pez al que el agua no es imprescindible. |
BULGÁKOVA.-
¿Pretende impresionarme con metáforas tan anticuadas?
¿Cree que va a conmoverme con la apolillada retórica
de un Gógol? Bulgákov, yo soy un hombre práctico.
Vayamos al grano. Son sus propios colegas, escritores patriotas,
quienes han denunciado su obra como un crimen contra la patria.
Han sabido descubrir que sus sátiras ridiculizan a
la Revolución. |
BULGÁKOV.-
En la Unión
Soviética, toda verdadera sátira es perseguida
como un delito... (Se arrepiente; tacha.) ...como un crimen.
Por verdadera sátira entiendo aquella que penetra
en zonas prohibidas. En la Unión Soviética,
la sátira es perseguida como un acto terrorista.
|
BULGÁKOVA.-
No se haga el inocente. Usted ha publicado
en el extranjero obras que hacen burla de nuestro pueblo.
|
BULGÁKOV.-
En Praga, una revista de exiliados editó
La guardia blanca cambiando el final... Han publicado bajo
mi nombre palabras que yo nunca escribiría.
|
—218→
|
BULGÁKOVA.-
También negará que en su obra La huida defiende
a los enemigos de la Revolución. |
BULGÁKOV.-
Soy un escritor, no un político. |
BULGÁKOVA.-
¿Es usted apolítico? ¿De verdad cree que se puede
ser neutral? Míreme cuando le hablo, Bulgákov.
En un mundo dominado por la injusticia, la pretensión
de ser imparcial ¿no será sencillamente cinismo? Míreme
a los ojos, señor apolítico: ¿en serio cree
que no tiene ninguna responsabilidad para con el pueblo?
|
BULGÁKOV.-
Quiero ser útil a mi pueblo. Pero
¿cómo serlo si todos los teatros ejecutan, al unísono,
una orden de Stalin: «No quede rastro de Bulgákov
sobre la escena soviética»? |
BULGÁKOVA.-
¿Cómo
puede decir eso? Soy su más fiel espectador. ¿Sabe
que he visto quince veces Los días de los Turbín,
ocho veces El apartamento de Zoika? Los aplausos que salían
de mis manos resonaban por todo Moscú. |
BULGÁKOV.-
Usted ha borrado mi nombre del teatro soviético. Me
ha aniquilado. |
BULGÁKOVA.-
Puedo recitar escenas
enteras de sus obras. (Recita, ignorando a BULGÁKOV.)
«¡Dimitri, los obreros están ensuciando con sus botazas
el mármol de la escalera! ¿Quién ha quitado
la alfombra? ¿Es que Marx prohíbe cubrir con alfombras
las escaleras?...». |
BULGÁKOV.-
(Exaltándose.)
Y ahora, como si mi destrucción fuera un objetivo
largamente buscado, se regodea en mi aniquilamiento... (Deja
de escribir y se encara con ella, que sigue recitando.) ¡Presencia
mi aniquilamiento con enorme felicidad! ¡Lo ha conseguido,
camarada! ¡Que en este país no haya ni un rincón
para una persona como yo! |
|
(Descubriendo que BULGÁKOV
está fuera de sí, la mujer calla y abandona
su fingimiento. Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
Demos un paseo.
(Lo toca con amor) Todavía estará la orquesta
en el bulevar. ¿Cuánto hace que no bailamos? (Lo invita
a bailar. Pero él no la sigue.) Te conviene salir,
Mijail. Ver gente. |
BULGÁKOV.-
No tengo ganas de ver
a nadie, ni ganas de que nadie me vea. Gracias a la prensa
de Stalin, todo Moscú me señala con el dedo.
¿Por qué me avergüenza así? ¿Por qué
me humilla de este modo? |
BULGÁKOVA.-
Olvidémonos
de Stalin. No necesitamos su permiso para ser felices.
|
—219→
|
|
(Lo toca; quiere sacarlo a la calle. Pero BULGÁKOV
vuelve a su carta.)
|
BULGÁKOV.-
Usted ha conseguido
que en la Unión Soviética no haya ni un pequeño
rincón para una persona como yo.
|
|
(Aguarda la reacción
de su mujer. Pero ella se resiste a ser otra vez STALIN.)
|
BULGÁKOV.-
Usted ha conseguido que en la Unión
Soviética no haya ni un pequeño rincón
para una persona como yo. Ha hecho de mí un fuera
de la ley. Un criminal. |
BULGÁKOVA.-
Disfruta chupándose
las heridas, Bulgákov. ¿No es capaz de un solo pensamiento
positivo? |
BULGÁKOV.-
Para mí, el no poder
escribir es lo mismo que ser enterrado vivo. |
BULGÁKOVA.-
No exagere, Bulgákov. Seguro que podría hacer
otro tipo de trabajo. |
BULGÁKOV.-
Hasta hace un año,
para no morirme de hambre, por la mañana enseñaba
teatro en un colegio; por la tarde sustituía a los
actores enfermos del Teatro de Stanislavsky; por la noche,
a los del Teatro de la Juventud Obrera. Cuando volvía
a casa, intentaba escribir, hasta que reventaba de cansancio...
Hoy, ni siquiera se me considera digno de aquellos trabajos.
Mi nombre se ha hecho tan odioso que mis solicitudes de empleo
son acogidas con espanto. Directores, editores, todos se
apartan de mí como de un apestado... Camarada Stalin,
apelo a su humanitarismo. Si no puedo ser de ninguna utilidad
a mi país, le pido que me autorice a abandonar la
Unión Soviética en compañía de
mi esposa... (Pausa. Ella no replica.) Pero si usted considera
que debo vivir en la Unión Soviética... (Pausa.
Ella no replica.) le pido libertad para publicar y representar
mis obras... (Pausa. Ella no replica.) Si esto no fuera posible,
le pido que me permita ser útil a mi país en
calidad de director de escena. Me ofrezco con sinceridad,
sin pretensión de sabotaje, para dirigir cualquier
obra, desde obras griegas hasta actuales... (Pausa. Ella
no replica.) Si esto tampoco fuera posible, pido que se me
nombre ayudante de dirección... Si no fuera posible,
pido un puesto de figurante... Si tampoco es posible ser
nombrado figurante, pido un puesto de tramoyista. |
|
(Silencio.
La mujer medita.)
|
—220→
|
BULGÁKOVA.-
No expresa usted su
deseo con claridad. Si no sé lo que desea, ¿cómo
voy a satisfacer su deseo? ¿Qué quiere de mí?
¿Que lo deje marchar o que le permita escribir lo que le
venga en gana? ¿Está decidido a irse al extranjero...
o prefiere permanecer en la Unión Soviética
y en qué condiciones? ¿De verdad aceptaría
un trabajo subalterno en el teatro? Si yo le ofreciese un
puesto de acomodador en el Teatro de Stanislavsky, ¿renunciaría
a emigrar? |
BULGÁKOV.-
Si ni siquiera de acomodador
pudiese trabajar... |
BULGÁKOVA.-
¿Tiene usted las
ideas claras, Bulgákov? Me preocupa su salud mental.
Ustedes, los poetas, son gente tan vulnerable... No se me
va de la cabeza el triste final del pobre Maiakovski. Y sólo
hace unos días enterramos a Sóbol y a Esenin.
En cuanto a su buen amigo Zamiatin, usted mejor que yo sabe
en qué situación se encuentra. Si no quiere
acabar como ellos, debería replantearse el modo en
que está conduciendo su vida. |
BULGÁKOV.-
Si
ni siquiera se cuenta conmigo para limpiar los lavabos del
más humilde teatro del país... Entonces pido
al Gobierno Soviético que proceda conmigo como crea
más conveniente. Pero que proceda de alguna manera.
|
BULGÁKOVA.-
Se expresa como si no tuviera nada que
perder. ¿No tiene nada que perder? |
BULGÁKOVA.-
Pero
que proceda de alguna manera. Porque yo, un dramaturgo famoso
en toda Europa, en mi propio país me encuentro abocado
a la miseria y a la muerte... |
|
(Le interrumpe el sonido del
teléfono. Molesto, BULGÁKOV descuelga.)
|
BULGÁKOV.-
¿Sí? (Silencio. Mira a su mujer.) Yo soy. (Silencio.) Buenas tardes, camarada. (Silencio.) Últimamente me
he hecho mil veces la misma pregunta: ¿Puede un escritor
ruso vivir fuera de su patria? (Silencio.) Claro que me gustaría,
pero no he recibido más que negativas. (Silencio.)
¡Oh, sí, Iosif Visarionovich, tenemos que conversar!
(Silencio. Está escuchando a su interlocutor cuando,
bruscamente, la línea telefónica se corta.
Silencio. BULGÁKOV cuelga.) |
BULGÁKOV.-
Se
ha cortado. |
|
(Pausa. BULGÁKOV espera que el teléfono
vuelva a sonar. Pausa.)
|
IV
|
|
Junto al teléfono, BULGÁKOV intenta escribir.
Pero no puede hacerlo solo. Al rato entra su mujer, que viene
de la calle. BULGÁKOV está contrariado por
su retraso.
|
BULGÁKOVA.-
(Quitándose la ropa
de la calle.) Una cola espantosa. Todos los diciembres son
igual, la gente se vuelve loca por enviar regalos a sus familias.
Pero ya está, certificada, como querías. En
seguida estará en manos de Stalin. |
BULGÁKOV.-
He pensado que, en lo sucesivo, deberías llevar personalmente
las cartas al Kremlin. No podemos seguir confiando en el
correo. (Se dispone a escribir.) ¿Preparada? |
BULGÁKOVA.-
¿A quién dirás que me he encontrado en la estafeta?
|
|
(A BULGÁKOV no le importa. Está impaciente
por escribir.)
|
BULGÁKOVA.-
A nuestro amigo Zamiatin.
Me acompañó de vuelta hasta el bulevar. |
BULGÁKOV.-
¿Zamiatin paseándose por Moscú? ¿Después
de todo lo que se ha dicho sobre él? Se arriesga a
que la gente lo apedree. (Escribiendo.) Estimado Iosif Visarionovich:
En los últimos diez años... |
BULGÁKOVA.-
(Interrumpiéndole.) Zamiatin ha recibido respuesta
positiva. |
|
(Conmoción de BULGÁKOV.)
|
BULGÁKOVA.-
Zamiatin escribió a Stalin y, al cabo de una semana,
recibió un oficio del Comité de Asuntos Extranjeros.
Puede salir de la Unión Soviética tan pronto
como lo desee. |
|
(Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
¿No vas a ir
a felicitarlo? |
|
(Silencio.)
|
BULGÁKOVA.-
Ya, ya sé:
tienes que quedarte junto al teléfono. Si ni para
mandar tus cartas te asomas ya a la calle, ¿cómo vas
a visitar a tu amigo? Tampoco puedes telefonearle. Nadie
debe tocar este teléfono. Stalin puede llamar en cualquier
momento.
|
—223→
|
BULGÁKOV.-
«Tendríamos que reunirnos
para charlar», dijo. Me contó que había leído
mis cartas con los camaradas. Sin duda se refería
a Molotov y a los demás del Gobierno. «Quiere marcharse
al extranjero, ¿no es eso?», me dijo. |
BULGÁKOVA.-
Todo Moscú cuenta esa historia. Se la has contado
a todo el mundo que ha pasado por aquí. Que Stalin
te llamó y lo que hablasteis. |
BULGÁKOV.-
¿Te
parece mal? ¿Está mal que la gente deje de verme como
un apestado? Antes, yo era para todos un literato caído
en desgracia, pero ahora muchos escritores me envidian. ¿A
cuántos de ellos ha telefoneado Stalin? ¿A cuántos
ha dicho: «Tendríamos que reunimos para charlar»?
|
BULGÁKOVA.-
¿Estás seguro de que era él?
¿No sería un bromista? |
BULGÁKOV.-
¿Qué
estás diciendo? Era él. Llevó la conversación
como sólo puede hacerlo un hombre de Estado. Era él.
|
BULGÁKOVA.-
¿Y si no te volviese a llamar? |
BULGÁKOV.-
No puede ser. Tenemos mucho de que hablar. (Va a reanudar
su carta.) Le recordaré que tenemos una cita pendiente.
¿Vas a ayudarme? ¿A buscar las palabras justas? |
BULGÁKOVA.-
Zamiatin consiguió encontrarlas. ¿Por qué no
las copias? Las palabras que Zamiatin escribió a Stalin.
|
BULGÁKOV.-
¿Lo tomas por tonto? Stalin sabe muy bien
quién es Zamiatin y quién es Bulgákov.
Yo jamás escribiría con ese estilo ampuloso
y dulzón de Zamiatin. |
BULGÁKOVA.-
Es sólo
una carta. |
BULGÁKOV.-
¿Sólo una carta? Jamás
he escrito nada tan importante. Mis comedias, mis novelas...
¿qué valor tienen frente a una carta así? Todo
lo que he escrito es un juego de niños si lo comparo
con una carta a Stalin. (Silencio.) ¿No vas a ayudarme?
|
|
(Pausa. La mujer acepta, una vez más, ser STALIN.)
|
BULGÁKOVA.-
Pero no llevaré tu carta al Kremlin
ni a ningún otro lugar. Tendrás que llevarla
tú mismo. ¿Te atreverás? ¿Te atreverás
siquiera a acercarte al buzón de la esquina? ¿Recuerdas
qué hay al otro lado de esa ventana? |
|
(Obliga a BULGÁKOV
a mirar hacia la calle.)
|
—224→
|
BULGÁKOVA.-
Moscú,
la ciudad que tanto amabas. Está preciosa esta tarde.
¿No quieres que demos un paseo por el bulevar, antes de que
anochezca? |
|
(Lo toca. BULGÁKOV parece tentado. Pero
algo que ve por la ventana llama su atención. Su mujer
le interroga: «¿Qué te pasa?».)
|
BULGÁKOV.-
Me había parecido... Al otro lado de la calle, entre
los árboles. Me había parecido ver a Stalin.
|
V
|
|
Junto al teléfono, varias cartas dispuestas
para el envío. BULGÁKOV, pluma en mano. Ante
él, su mujer representa a STALIN. Ella pega un puñetazo
en la mesa ante BULGÁKOV.
|
|
BULGÁKOVA.-
¡Basta
ya, Bulgákov, ni una palabra más! Estoy harto
de leer siempre la misma carta. Distintas palabras, pero
siempre el mismo gesto aristocrático, antisocial.
Ni el menor atisbo de arrepentimiento. No vuelva a escribirme
si no es para reconocer que malgasta su talento poniéndolo
al servicio de espectadores degenerados. Su obra rezuma desprecio
hacia el orden soviético, niega todos los logros de
la Revolución. Sólo trata temas que no conviene
abordar y enmascara sus ataques bajo burdas metáforas...
(STALIN entra en escena; observa cómo la mujer lo
imita.) En Los huevos fatales, por ejemplo. Ahí presenta
el territorio soviético invadido por reptiles de doce
metros. Nada puede detener a los reptiles. Ni siquiera, esto
lo deja usted muy claro, ni siquiera el Ejército Rojo
puede detenerlos. ¿Se trata de una alegoría? ¿Pretende
usted comparar a los bolcheviques con...? Ni una carta más,
Bulgákov. Decida de una vez: ¿de qué lado de
las barricadas está? Ni una carta más si no
es para expresar, con toda claridad, que está con
nosotros o contra... |
|
(Se interrumpe al oír que alguien
llama a la puerta. Abandona su fingimiento y sale a abrir.
BULGÁKOV observa a STALIN, que se mueve por el lugar,
explorándolo. La mujer vuelve.)
|
BULGÁKOVA.-
Zamiatin. Ha venido a despedirse.
|
—225→
|
|
(BULGÁKOV calla.)
|
BULGÁKOVA.-
Ya le he dicho que últimamente
no recibes a nadie. Pero él insiste en darte un abrazo
antes de partir hacia Berlín. ¿Le hago pasar? |
|
(BULGÁKOV
calla.)
|
BULGÁKOVA.-
Quiere hablarte de la carta que
él escribió a Stalin. Explicarte qué
razones manejó para que Stalin lo dejase salir. |
BULGÁKOV.-
Puedo imaginar qué razones habrá manejado,
y cómo las habrá manejado, conozco muy bien
a Zamiatin. Pertenece a esa clase de escritores que igual
componen un poema que rellenan una instancia. (Silencio.)
Pero me alegro de que su suerte haya cambiado, díselo.
Seguro que saldrá adelante en el extranjero, él
siempre acaba saliendo adelante. Dile que tengo mucho trabajo.
|
|
(Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
Así pues, ¿lo despido?
|
|
(BULGÁKOV asiente. Ella sale. BULGÁKOV y
STALIN se observan. La mujer vuelve, con la emoción
que le ha provocado la despedida de ZAMIATIN.)
|
BULGÁKOVA.-
Ya está: se ha ido. Espera encontrarse contigo algún
día en algún lugar del mundo. Te ha dejado
esto. |
|
(Pone un papel ante BULGÁKOV.)
|
BULGÁKOVA.-
La carta que él escribió a Stalin. |
|
(BULGÁKOV
ignora el papel. Su mujer lo toma para leérselo en
voz alta.)
|
BULGÁKOVA.-
«Estimado Iosif Visarionovich:
condenado a un castigo mortal, me dirijo a usted para pedirle
que me sea conmutada esa pena. Para un escritor, la imposibilidad
de escribir constituye un castigo mortal. Sé que debo
ese castigo a mi mala costumbre de escribir no lo que podría
serme útil, sino lo que creo que es verdad. Considero
que el servilismo rebaja tanto al artista como a la Revolución...».
|
|
(Viendo el interés de STALIN por la carta de ZAMIATIN,
BULGÁKOV empieza a leerle la que él estaba
escribiendo: «Muy estimado Iosif Visarionovich: En todas
mis obras la prensa oficial ha detectado una intención
diabólica. La aparición de mi firma
—226→
basta
para calificar cualquiera de mis escritos como demoniaco.
Escupir al diablo se considera una buena acción, y
nadie se priva de hacerlo...». Las voces de BULGÁKOV
y de su mujer se confunden, impidiendo entender la totalidad
de ambas cartas. BULGÁKOV calla cuando comprende que
STALIN está más interesado en la de ZAMIATIN.)
|
BULGÁKOVA.-
«...Durante tres años trabajé
en una tragedia. La leí en el Consejo Teatral de Leningrado
a representantes de dieciocho fábricas. El representante
de la fábrica de textiles dijo: «Esta obra trata el
tema de la lucha de clases en la antigüedad». El representante
de la fábrica de hidromecánica sentenció:
«Esta pieza es una síntesis dialéctica de Shakespeare
y Marx». El Consejo aprobó unánimemente la
representación de mi tragedia. Sin embargo, ¿se ha
permitido ver mi obra a ese público obrero que le
dio su aprobación? Nunca. Porque contra un condenado
a muerte cualquier argucia está permitida. Mi novela
Nosotros, escrita hace nueve años, fue presentada
por los críticos como mi último trabajo. Ello
sirvió de excusa para prohibir en pleno éxito
las representaciones de mi obra La pulga...». |
|
(Buscando
la atención de STALIN, BULGÁKOV abre una de
las cartas ensobradas y lee: «Estimado Iosif Visarionovich:
Me permito dirigirle esta solicitud para redactar una guía
de viajes de Europa Occidental. A fin de justificarla, le
informaré acerca de algunos sucesos que me han acontecido
en el último año y medio...». Pero a STALIN
le interesa más la carta de ZAMIATIN, así que
BULGÁKOV deja de leer.)
|
BULGÁKOVA.-
«...Está
prohibida la exhibición de mis libros en las bibliotecas.
Incluso se me prohíbe traducir. Cualquier editorial
interesada en mis trabajos se expone al fuego. Sólo
la editorial «Tierra y Fábrica» se arriesgó
a encargarme la corrección estilística de escritores
jóvenes, y está pagando por ello. Doy miedo
a las editoriales, a los teatros, incluso a mis amigos doy
miedo. Se han cerrado todas las puertas que me permitían
llegar al público. Lo que supone tanto como mi sentencia
de muerte. Pero el código penal soviético prevé
un castigo peor que la muerte: el exilio. Si soy un criminal,
pido ser expulsado de la Unión Soviética. Si
no soy un criminal, pido permiso para viajar al extranjero.
Regresaré cuando en nuestro país sea posible
hacer arte sin tener que servir de lacayo de personas insignificantes.
Ese momento no tardará en llegar, porque, después
de haber creado una base material, se planteará de
forma
—227→
ineludible la creación de una superestructura,
un arte digno de la Revolución...» |
|
(Luchando por
la atención de STALIN, BULGÁKOV abre otra de
las cartas ensobradas: «Muy estimado Iosif Visarionovich:
Muchos de mis colegas han sido condenados a vivir en las
ciudades de Ieniseisk, Tomsk y Kalinin. A mí se me
permite vivir en Moscú. Sin embargo, también
yo padezco una forma de exilio. No me es posible respirar
en una atmósfera de acoso sistemático que se
refuerza día tras día. Me dirijo a usted para
pedirle que suavice mi destino...». BULGÁKOV deja
de leer, pues STALIN sólo tiene oídos para
la carta de ZAMIATIN.)
|
BULGÁKOVA.-
«...Sé
que la vida en el extranjero no me resultará fácil.
En la Unión Soviética, debido a mi costumbre
de escribir según mi conciencia, se me considera un
reaccionario; en el extranjero, por esa misma causa, me tildarán
de comunista. Pero allí no me condenarán a
guardar silencio. Podría basar mi solicitud en otros
motivos: una enfermedad cuyo tratamiento sólo es posible
en Alemania; la puesta en escena en Italia de mi obra La
sociedad de los compañeros honoríficos... La
verdadera razón de mi solicitud es la sentencia de
muerte que la Unión Soviética ha pronunciado
contra mí como escritor. Para recobrar la libertad
como artista, no dudaré en renunciar a aquello que,
después de esa libertad, más amo: mi país.
Firmado: Evgueni Ivánovich Zamiatin. Moscú,
junio de 1931».
|
|
(Largo silencio. Meditabundo, STALIN sale
de escena. Pausa. BULGÁKOV se vuelve hacia su mujer.)
|
BULGÁKOV.-
¿Has estado usando el teléfono
en mi ausencia? |
BULGÁKOVA.-
Tú siempre estás
aquí, junto al teléfono. |
BULGÁKOV.-
Aquella vez que dijiste estar enferma y tuve que ir yo al
buzón. ¿Usaste el teléfono en aquel momento?
|
BULGÁKOVA.-
Sé que no puedo usar el teléfono.
|
BULGÁKOV.-
No entiendo por qué no me llama.
Tenía muchas ganas de hablar conmigo. Desde el principio,
su tono fue cordial, como el de quien se propone iniciar
una larga y profunda relación: «Hemos recibido sus
cartas. Las hemos leído con los camaradas. Quiere
marcharse usted al extranjero, ¿no es eso? Está harto
de nosotros». Cuando yo le dije que una y otra vez volvía
a mi cabeza la pregunta
—228→
de si un escritor ruso puede vivir
fuera de su patria, contestó que también él
se preguntaba eso a menudo. En aquel momento me ofreció
un puesto en el Teatro de Stanislavsky. «Presente una solicitud»,
dijo. «Tengo la impresión de que esta vez la aceptarán».
Lo que, viniendo de Stalin, equivalía a una promesa.
Y añadió: «Tendríamos que reunimos para
charlar». Estaba preguntándose cuál sería
el momento más apropiado para nuestro encuentro cuando
el maldito teléfono nos jugó una mala pasada.
|
BULGÁKOVA.-
Lo sé. |
BULGÁKOV.-
Tenía
unas ganas enormes de encontrarse conmigo. |
BULGÁKOVA.-
Ya sé. |
BULGÁKOV.-
Tendrías que haber
oído en qué tono se presentó: «Le habla
el camarada Stalin». En el mismo tono afectuoso, dijo: «Hemos
recibido sus cartas. Las hemos leído con los camaradas.
Quiere marcharse usted al extranjero, ¿no es eso? Está
harto de nosotros». Ahora no estoy seguro de si dijo «marcharse
al extranjero» o «ir al extranjero». ¿O dijo «salir al extranjero»?
Debería recordar los términos con precisión.
Cambiando una palabra, se cambia el sentido. Algo me llevó
a responderle: «Últimamente me he hecho mil veces
esa pregunta: ¿Puede un escritor ruso vivir fuera de su patria?».
A lo que él, con cierto asombro, respondió:
«A menudo yo me hago la misma pregunta. Bulgákov,
¿sabe que soy un fiel espectador suyo? ¿Sabe que puedo recitar
escenas enteras de sus obras? Desde hace tiempo tengo la
impresión de que usted y yo podríamos llegar
a entendernos. Tendríamos que reunirnos para charlar».
En ese momento se cortó. |
|
(Pausa. BULGÁKOV
toma papel y pluma.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Otra carta, Mijail?
¿Crees que una carta más nos sacará del infierno?
|
|
(No hay respuesta. BULGÁKOV escribe.)
|
BULGÁKOVA.-
Mañana iré al Teatro de Stanislavsky. Deben
de estar a punto de salir en su gira anual por Europa. Les
pediré que hagan algo por ti: les pediré que
escriban nuestros nombres en la lista de actores que viajarán
al extranjero. Son tus amigos. No puede serles indiferente
tu suerte. |
|
(No hay réplica. BULGÁKOV escribe.)
|
—229→
|
BULGÁKOVA.-
¿No vas a leérmela? |
|
(No hay
respuesta. BULGÁKOV escribe.)
|
BULGÁKOVA.-
Léemela. Te ayudaré. Haré como que soy
Stalin. |
|
(No hay respuesta. Ella lo toca, pero BULGÁKOV
ya no siente sus manos.)
|
VI
|
|
Las cartas ensobradas se
acumulan. BULGÁKOV, solo, escribe.
|
BULGÁKOV.-
Estimado Iosif Visarionovich. Cuando a un hombre se le acosa
como a una fiera, acaba actuando como una fiera. |
|
(Silencio.
BULGÁKOV se comporta como si viese y oyese a alguien
a quien sólo él oye y ve.)
|
BULGÁKOV.-
Se puede acosar a una fiera hasta que su corazón reviente.
Pero justo entonces la fiera será más peligrosa
que nunca. |
|
(Silencio. BULGÁKOV se comporta como si
viese y oyese a alguien a quien sólo él oye
y ve.)
|
BULGÁKOV.-
Desde 1930 sufro estados de angustia
cardiaca. |
|
(STALIN en escena. Se comporta ante Bulgákov
como lo hacía la mujer cuando ella representaba a
STALIN. BULGÁKOV escribe.)
|
STALIN.-
¿Está
usted enfermo? ¿Me permitirá que le envíe a
mi médico personal? Un buen hombre, georgiano. |
BULGÁKOV.-
La causa de mi enfermedad es el silencio a que se me ha reducido
durante años. |
STALIN.-
Ah, se refería a esa
clase de enfermedad. |
BULGÁKOV.-
Después de
tanto callar, se agitan en mí nuevos proyectos creativos.
Pero carezco de fortaleza física para llevarlos a
cabo. Estoy agotado. |
STALIN.-
Se merece un descanso, camarada.
No abuse de sus fuerzas.
|
—230→
|
BULGÁKOV.-
Usted sabe que
en la Unión Soviética no se me deja descansar.
Le ruego que interceda ante el Gobierno... A fin de que me
conceda una licencia para salir al extranjero.
|
|
(STALIN calla.)
|
BULGÁKOV.-
Todo lo que necesito es descansar fuera
de la Unión Soviética durante unos meses. |
|
(STALIN calla.)
|
BULGÁKOV.-
Incluso podría
serme suficiente una semana fuera de la Unión Soviética.
|
|
(STALIN calla. BULGÁKOV aguanta su silencio.)
|
STALIN.-
Durante años, muchas personas, del partido y de fuera
del partido, se han acercado a usted con la mejor voluntad.
Para advertirle que cada renglón que salía
de su pluma le granjeaba problemas en la Unión Soviética
tanto como le cerraba la puerta del extranjero. Usted ha
desoído todas esas recomendaciones. |
BULGÁKOV.-
Amigos y enemigos me aconsejan que me tiña la piel.
Absurdo consejo. Un lobo, por mucho que se tiña, nunca
se parece a un caniche. Por eso se me acosa como se acosa
a las fieras. Como fiera que soy, nunca callaré. Un
artista que calla no es un verdadero artista. |
STALIN.-
Usted
mismo se condena, camarada Bulgákov. Usted mismo se
cierra el horizonte. |
BULGÁKOV.-
¿Estoy preso en la
Unión Soviética? ¿Cómo voy a escribir
canciones a un país que es para mí una cárcel?
|
STALIN.-
El crítico del Pravda ha escrito: «Bulgákov
no es necesario para este país». Yo me pregunto: Y
Bulgákov, ¿no necesita él de este país?
¿No es para Bulgákov este país tan necesario
como el aire? Camarada, en el extranjero usted se moriría
de pena. |
BULGÁKOV.-
Si se me permitiese salir, aunque
fuese un solo día, volvería a mi patria cantando.
|
STALIN.-
Los que nos interesamos por su trabajo, creemos
impensable que pueda usted vivir en cualquier otro lugar.
Su escritura se nutre de esta tierra. |
BULGÁKOV.-
Veré qué hay al otro lado de la frontera y
regresaré.
|
—231→
|
|
(STALIN niega.)
|
BULGÁKOV.-
Necesito
salir de la Unión Soviética, aunque sólo
sea por una hora. |
|
(STALIN niega.)
|
BULGÁKOV.-
A cambio,
prometo convertirle a usted en mí primer lector. Igual
que el zar Nicolás era el primer lector de los escritos
de Pushkin. Una hora, es todo lo que le pido. |
STALIN.-
¿Ha
pensado que la puerta podría cerrarse bruscamente
a sus espaldas? No poder regresar, ¿no sería para
usted una desgracia mucho peor que la prohibición
de sus obras? |
BULGÁKOV.-
Sólo unos minutos.
¡Unos minutos! ¡Pisar un suelo donde me sienta libre! |
|
(BULGÁKOV
no se ha percatado de la entrada de la mujer, que viene de
la calle.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Con quién hablas?
|
BULGÁKOV.-
Con nadie. |
|
(Pausa larga.)
|
BULGÁKOVA.-
¿No me preguntas de dónde vengo? |
|
(Silencio.)
|
BULGÁKOVA.-
Vengo del Teatro de Stanislavsky. |
|
(Silencio.)
|
BULGÁKOVA.-
Están preparando su gira anual. En la pizarra hay
escritos treinta nombres: la lista de los actores que viajarán
al extranjero. Les pedí que añadiesen nuestros
nombres. |
STALIN.-
(A BULGÁKOV.) ¿Piensas que consiguió
convencerles? |
BULGÁKOV.-
¿Los convenciste? |
BULGÁKOVA.-
Son viejos amigos tuyos. Has escrito cientos de páginas
para ellos. |
STALIN.-
(A BULGÁKOV.) ¿No pidieron nada
a cambio? ¿Nada de nada? |
BULGÁKOV.-
¿Pidieron algo
a cambio? |
BULGÁKOVA.-
Todo lo que tenían que
hacer era escribir dos nombres
—232→
más en su pizarra.
(Pausa.) Les tendí la tiza uno a uno. (Pausa.) Nikolai,
tu protagonista en Los días de los Turbín,
me contestó: «¿Por qué no van ustedes al Comité
de Asuntos Extranjeros, como todo el mundo?». Ninguno quería
coger la tiza. Konstantin fue el último al que se
la tendí. Dijo: «¿Bulgákov?». Y escupió
en el suelo. |
|
(Pausa.)
|
BULGÁKOV.-
Has hecho mal en
ir allí. Ése no es el camino correcto. No entiendes
nada, ¿cómo tendré que explicártelo
para que lo entiendas? ¿Tendré que contártelo
un millón de veces? «Le habla el camarada Stalin»,
dijo. «Hemos...». |
BULGÁKOVA.-
(Interrumpiéndole.) «Hemos recibido sus cartas. Las hemos leído con los
camaradas. Quiere marcharse al extranjero, ¿no es eso? Está
harto de nosotros». Tú le respondiste: «Últimamente
me he hecho mil veces la misma pregunta: ¿Puede un escritor
ruso vivir fuera de su patria?». |
BULGÁKOV.-
Él
no esperaba que yo le saliese por ahí. A partir de
ese momento, llevé la conversación por donde
me dio la gana. Por salir del paso, dijo: «También
yo...» |
BULGÁKOVA.-
(Interrumpiéndole.) «También
yo me hago muchas veces esa pregunta. Pero hablemos de usted.
¿Dónde le gustaría trabajar? ¿En el Teatro
de Stanislavsky?». |
BULGÁKOV.-
Como yo me esperaba
algo por el estilo, contesté... |
BULGÁKOVA.-
(Interrumpiéndole.) «Claro que me gustaría,
pero no he recibido más que negativas». |
BULGÁKOV.-
Ahí fue cuando él tiró la toalla. |
BULGÁKOVA.-
«Presente una solicitud. Tengo la impresión de que
esta vez la aceptarán. Tendríamos que reunimos
para charlar. Habrá que encontrar un momento apropiado
para eso». |
|
(Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
Mañana iré
al Comité de Asuntos Extranjeros. Solicitaré
un permiso para viajar en compañía de mi marido.
|
BULGÁKOV.-
Imagino las caras de los funcionarios
en cuanto sepan quién es tu marido. |
BULGÁKOVA.-
Quizá no me pregunten quién es mi marido.
|
—233→
|
BULGÁKOV.-
No necesitan preguntártelo. Imagino
sus risas en cuanto lean tu solicitud. |
BULGÁKOVA.-
No reirán. De mí no se reirán. |
BULGÁKOV.-
Ése no es el camino correcto. |
|
(BULGÁKOV vuelve
a la pluma y al papel.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Cuál
es el camino correcto? ¿Escribir un millón de cartas
a Stalin? |
|
(BULGÁKOV escribe. STALIN se sitúa
entre él y ella.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Y si le escribiese
yo? |
BULGÁKOV.-
No te metas en esto. |
BULGÁKOVA.-
Conmigo no jugará como juega contigo. |
BULGÁKOV.-
¿De qué hablas? |
BULGÁKOVA.-
Está jugando
contigo. |
BULGÁKOV.-
¿Está jugando conmigo?
No sabes lo que dices. Quería recibirme personalmente.
Quería preguntarme acerca de los problemas del pueblo
ruso. |
BULGÁKOVA.-
Hablas de él como si fuera
el buen zar de los cuentos. |
BULGÁKOV.-
Quería
conocer mis opiniones sobre el curso que está tomando
la Revolución. Quería oírme hablar.
|
BULGÁKOVA.-
¿Quería oírte hablar? Prohíbe
la representación de tus obras; no te deja publicar
una línea. ¿Y dices que quería oírte
hablar? Quería tu silencio. No te llamó para
que hablases, sino para cerrarte la boca. |
BULGÁKOV.-
¿Me llamó para cerrarme la boca? Cómo se ve
que no lo conoces. Es capaz de recitar escenas enteras de
mis obras. Sé cuánto me aprecia. |
BULGÁKOVA.-
¿Te aprecia? ¿Sabes lo que su gente anda diciendo sobre ti
en cada rincón de Moscú? Por toda la ciudad,
todo el mundo me mira como si estuviese casada con el mismísimo
demonio. Eso es obra de Stalin. Que todos escupan el suelo
que piso, eso se lo debes a Stalin. |
|
(BULGÁKOV no
quiere seguir oyéndola. Para no oírla, escribe.
Ya no la oye, aunque ella todavía mueve la boca.)
|
VII
|
|
El montón de cartas ensobradas ha seguido
creciendo. BULGÁKOV intenta escribir una más,
pero parece bloqueado. Hasta que ve a STALIN, quien ya se
mueve muy cómodo por el lugar.
|
BULGÁKOV.-
Ya pensaba que no iba a venir. |
STALIN.-
Son días
de mucho trabajo, Mijail. |
BULGÁKOV.-
Ayer ni siquiera
apareció por aquí. ¿Cuánto tiempo será
esta vez? ¿Diez minutos? ¿Cinco minutos? |
STALIN.-
Cada día
tengo que hacer docenas de llamadas, que leer miles de cartas...
No perdamos un segundo, veamos qué tenemos para hoy.
(BULGÁKOV le da la última carta; STALIN lee.) «En los tiempos que corren, resulta difícil alcanzar
un estado de ánimo tranquilo, tal y como es necesario
para la ejecución de cualquier obra armoniosa. El
presente tiene en Rusia un carácter demasiado movedizo,
demasiado irritante. Siempre supe que me esperaba en la vida
un gran sacrificio, y que, para ser útil a mi patria,
debería escribir lejos de ella. Siempre supe que sólo
conocería el valor de Rusia fuera de Rusia, y que
sólo obtendría su amor estando lejos».
|
|
(Pausa.)
|
STALIN.-
¿No es un poco pedante? |
BULGÁKOV.-
No es
mío. Son palabras de Gógol. |
STALIN.-
Nikolai
Gógol... Eran otros tiempos... Por entonces, los escritores
sabían interpretar lo que el pueblo necesitaba de
ellos. Otros tiempos. Lenin prefería a Tolstoi, pero
también a Gógol lo incluyó. Es el número
cinco de la lista. |
BULGÁKOV.-
¿La lista? |
STALIN.-
El camarada Lenin agonizaba cuando, con un gesto, me señaló
entre los camaradas que rodeábamos su lecho. Con sus
últimas fuerzas, me tendió un papel: (Lo saca;
lee.) «Lista de escritores a los que se debe levantar monumento
en la ciudad de Moscú». Acto seguido, expiró.
|
|
(Pausa. BULGÁKOV no puede disimular su interés
por la lista de LENIN. STALIN se la leerá morosamente,
jugando con la curiosidad de BULGÁKOV, que intenta
adivinar los nombres y los comenta con gestos.)
|
—235→
|
STALIN.-
1. Tolstoi. 2. Dostoievski. 3. Lérmontov. 4. Pushkin.
5. Gógol. 6. Belinski... |
BULGÁKOV.-
¿Belinski?
|
STALIN.-
... 7. Radischev. 8. Dobroliúbov. 9. Písarev...
|
BULGÁKOV.-
Písarev. ¡Y Dobroliúbov!
|
|
(STALIN deja la lista a BULGÁKOV para que éste
acabe de leerla.)
|
BULGÁKOV.-
10. Mijailovski. 11.
Uspenski. 12. Nekrásov. |
|
(Pausa. STALIN lleva a BULGÁKOV
ante la ventana.)
|
STALIN.-
Moscú está preciosa
esta tarde. No hay cielo como éste en ningún
lugar del mundo. Sé cuánto amas esta ciudad,
Mijail. ¿Te gustaría entrar en la lista de Lenin?
Todavía hay sitio en Moscú para una estatua
de Mijail Bulgákov. |
|
(STALIN toma la pluma de BULGÁKOV,
dispuesto a añadir su nombre a la lista: «13...».
Para romper la tentación, BULGÁKOV recupera
su pluma y vuelve a escribir.)
|
BULGÁKOV.-
Muy estimado
Iosif Visarionovich... |
STALIN.-
¿Qué tal una estatua
de Mijail Bulgákov en el bulevar? |
BULGÁKOV.-
Igual que a Gógol, también a mí la realidad
de mi patria... |
STALIN.-
Tal y como estás ahora,
pluma en mano. En bronce de Omsk. |
BULGÁKOV.-
...La realidad de mi patria me aniquila como escritor y como
hombre. Quizá tenga que renunciar a mi patria para
sobrevivir como escritor y como hombre. |
STALIN.-
Repite
eso. |
BULGÁKOV.-
«Igual que a Gógol, también
a mí...». |
STALIN.-
Más adelante. La última
frase. |
BULGÁKOV.-
«Quizá tenga que renunciar
a mi patria para sobrevivir como escritor y como hombre».
|
STALIN.-
Ésa no es la palabra. Esa palabra: «Quizá».
Esa palabra no es tuya. |
|
(BULGÁKOV no sabe con qué
palabra sustituirla.)
|
—236→
|
STALIN.-
Vuelve a leerlo. |
BULGÁKOV.-
«Quizá tenga que renunc...». |
STALIN.-
(Interrumpiéndole,
dictando.) Renunciaré a mi patria para sobrevivir
como escritor y como hombre. |
|
(Silencio. BULGÁKOV
vacila. No sin miedo, escribe. No sin miedo, lee para sí
lo que ha escrito.)
|
STALIN.-
Éste es el momento.
Ahora has de atacar. Ahora has de presentar tu deseo.
(Dictando.) Pido al Gobierno de la Unión Soviética que
me señale día y hora para... |
BULGÁKOV.-
(Escribiendo.) ...cruzar la frontera... en compañía
de mi esposa. |
STALIN.-
¿Por qué siempre has de mencionar
a esa mujer? |
BULGÁKOV.-
(Escribiendo.) Sufro un agotamiento
del sistema nervioso. Necesito que mi esposa me acompañe.
|
STALIN.-
¿De verdad crees que te ayudará tenerla
a tu lado? No parece el tipo de mujer que ayuda a vivir a
un hombre. Mírala, precisamente ahí viene.
En la cara se le ve que trae buenas noticias. ¿Será
algo referente al Comité, de Asuntos Extranjeros?
¿Habrá obtenido una respuesta a su solicitud? Ya sabes,
lo de vuestro viaje. |
|
(Entra la mujer. Viene de la calle,
muy cansada.)
|
BULGÁKOVA.-
Dijiste que no era el
camino correcto. Que se reirían de mí, eso
dijiste. Ni una sonrisa, ¿me oyes? Un funcionario recogió
la solicitud, le puso un sello encima y dijo muy serio: «Vuelva
usted el día catorce». Ni media sonrisa. Aunque es
verdad que, el día catorce, después de recorrer
todas las ventanillas sin encontrar a aquel funcionario...
Por un momento, pensé que estabas en lo cierto, que
ni siquiera habían leído mi solicitud. Estaba
a punto de volverme a casa cuando se me acercó otro
funcionario, que me dijo: «Diríjase a la tercera ventanilla
y rellene un impreso para usted y otro para su marido. Conviene
que lo haga cuanto antes, pues no se dará respuesta
a ninguna solicitud después del día veintiuno».
|
STALIN.-
¿Quién era ese funcionario? |
BULGÁKOV.-
¿Quién era ese funcionario? |
BULGÁKOVA.-
No
lo sé.
|
—237→
|
STALIN.-
¿No se informó? |
BULGÁKOV.-
¿No te informaste? (A STALIN.) No se informó. (A ella.)
¿Hablaste con él sin saber quién era? |
BULGÁKOVA.-
Estaba impaciente por conseguir nuestro permiso. Me dirigí
a la tercera ventanilla. Pero allí no encontré
a nadie. Estaba pensando que me habían gastado una
broma y que más valía volverse a casa, cuando
el funcionario de la quinta ventanilla hizo una seña
al de la cuarta para que me atendiese. Éste fue el
más amable de todos. Ni media sonrisa. Desapareció
por una puertecita y a los veinte minutos volvió con
unos formularios para que los rellenase. Con mucha paciencia,
me explicó las preguntas que me costaba entender.
Una vez rellenados los cuestionarios, los tomó y pegó
en ellos dos fotografías. |
STALIN.-
¿Tenía
vuestras fotografías? ¿También la tuya, Mijail?
|
BULGÁKOV.-
Así que tenía nuestras fotografías...
|
BULGÁKOVA.-
Hice gesto de ir a pagar, pero me detuvo
diciendo: «Los pasaportes serán gratuitos». |
STALIN.-
Con que gratuitos. |
BULGÁKOVA.-
Le tendí los
carnets de identidad, pero él dijo: «Eso luego, cuando
sean intercambiados por los pasaportes». Y añadió:
«Los pasaportes los recibirá en seguida, en cuanto
se suspenda la disposición especial que hay respecto
a ustedes. Pero ya es tarde para que lleguen hoy. Vuelva
el dieciocho por la mañana». Yo le dije: «Pero el
dieciocho es fiesta». Él respondió: «Entonces,
el diecinueve». |
STALIN y BULGÁKOV.-
Y tú volviste
el diecinueve. |
|
(STALIN y BULGÁKOV escuchan con creciente
desprecio el relato de la mujer. Ella lucha por la atención
de BULGÁKOV.)
|
BULGÁKOVA.-
Llegué antes
de que abriesen. El funcionario de la quinta ventanilla me
hizo una seña para que me acercase. Ni media sonrisa,
Mijail. Me dijo lo siguiente: «Sus pasaportes llegarán
hoy. Vuelva dentro de un rato. Puede darse un paseo, para
entretenerse». Pero yo preferí quedarme en la sala
de espera. Hasta que, a última hora, otro funcionario
se asomó para informarme en voz alta de que los pasaportes
no estarían antes del día veintitrés.
|
STALIN.-
¿No es hoy día veintitrés? Ya no
sé ni en qué día vivo.
|
—238→
|
BULGÁKOVA.-
Así que hoy, nada más levantarme, me he ido
al Comité. Los pasaportes no estaban. Reconozco que
se me ha pasado por la cabeza: «Mijail tenía razón.
Éste no es el camino correcto». Pero un funcionario
se ha interesado por mi caso, ha hecho cuatro llamadas y
me ha indicado que volviera el veinticinco o el veintisiete.
Le he preguntado si había alguna disposición
especial sobre nosotros. Él me ha respondido muy discretamente:
«Comprenderá que no puedo decirle de quién
proviene la disposición, pero tal disposición
sobre usted y su marido existe. Sin embargo, no debe preocuparse.
También existió una disposición similar
sobre el escritor Zamiatin». Ni media sonrisa, Mijail. Así
que he salido muy animada de allí. En las escaleras,
he oído a un funcionario que decía a otro:
«El asunto de los Bulgákov se está arreglando».
El otro contestó: «Se arreglará como se arregló
lo de Zamiatin». En el vestíbulo, unas limpiadoras
me han felicitado. Hasta ellas había llegado el rumor
de que por fin vamos a realizar el viaje con que durante
tanto tiempo hemos soñado. |
|
(Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
Dijiste que se reirían de mí y ya ves. Ni media
sonrisa. Sólo tenemos que esperar unos días
más. |
|
(Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
¿O es que lo he
entendido todo mal desde el principio? |
STALIN.-
Claro que
lo ha entendido todo mal. Desde el principio. Desde la primera
ventanilla. Incluso desde antes. Bueno, Mijail, ¿dónde
estábamos? |
BULGÁKOV.-
«Pido al Gobierno de
la Unión Soviética que me señale día
y hora para cruzar la frontera en compañía
de mi esposa». |
|
(STALIN dicta; BULGÁKOV escribe.)
|
STALIN.-
Punto y aparte. Si son necesarias explicaciones
complementarias a esta carta, estoy dispuesto a dárselas
a usted personalmente... De hecho, no quiero terminar sin
decirle, Iosif Visarionovich, que mi mayor deseo es ser recibido
personalmente... |
BULGÁKOVA.-
(Interrumpiéndole,
consiguiendo que BULGÁKOV la mire.) Hay otros caminos.
El mercado negro. Dicen que allí se pueden comprar
papeles falsos. Pero es peligroso, dicen. ¿Me acompañarás?
|
—239→
|
|
(Pausa. BULGÁKOV desvía su mirada hacia STALIN
y escribe a su dictado.)
|
STALIN.-
...que mi mayor deseo
es ser recibido personalmente por usted. La conversación
telefónica que sostuvimos en abril de 1930 ha dejado
profunda huella en mi memoria... |
BULGÁKOVA.-
(Sobre
la voz de STALIN.) ¿Me acompañarás? (Buscando
la mirada de BULGÁKOV, se sitúa entre él
y STALIN. Pausa.) Me da miedo dejarte solo. Es como si esta
casa estuviese endemoniada. Como si el demonio estuviese
suelto por la casa. |
|
(BULGÁKOV deja de escribir. Mira
a la mujer.)
|
BULGÁKOV.-
Como si el demonio estuviese
suelto por la casa. |
STALIN.-
(Dictando.) Quedé hondamente
impresionado... |
|
(BULGÁKOV no le sigue.)
|
BULGÁKOV.-
(Para sí.) Como si el demonio estuviese suelto por
la casa. |
STALIN.-
Vamos, Mijail, no te distraigas. (Dicta.)
Quedé hondamente impresionado... |
BULGÁKOV.-
(Para sí.) Como si el demonio estuviese suelto...
|
STALIN.-
(Interrumpiéndole, le dicta al oído.)
... hondamente impresionado por las palabras que entonces
me dirigió... |
BULGÁKOVA.-
(Sobre la voz de
STALIN.) Te sacaré de aquí, Mijail. Conseguiré
esos pasaportes. Te sacaré de este infierno. |
STALIN.-
Déjala que lo intente. |
|
(BULGÁKOV ve salir
a la mujer.)
|
BULGÁKOV.-
(Para sí.) Como si
el demonio... |
|
(STALIN toma la mano de BULGÁKOV para
obligarle a seguir escribiendo.)
|
STALIN.-
Si quiere usted
responderme por escríto, ya sabe que mi dirección
es: Moscú, Bolshaya Piorgovskaya 35, apartamento 6.
Pero si prefiere telefonearme, le recuerdo que mi número
sigue siendo el 520327. Me haría enormemente feliz
reanudar nuestra conversación. Firmado: Mijail Bulgákov,
Moscú... (Deja de escribir.) ¿Qué día
es hoy?
—240→
(No hay réplica. BULGÁKOV toma papel
blanco.)
|
BULGÁKOV.-
(Para sí.) Como si el
demonio estuviese suelto por la casa.
|
|
(BULGÁKOV escribe.)
|
VIII
|
|
STALIN escribe.
|
STALIN.-
...Antes de molestarle
una vez más, lo he sopesado todo.... La respuesta
positiva que dio a mi amigo Zamiatin me permite albergar
la esperanza... de que también mi petición
será escuchada... (Deja de escribir, molesto por la
falta de atención de BULGÁKOV.) ¿Qué
te pasa, Mijail? |
|
(BULGÁKOV descubre a STALIN.)
|
BULGÁKOV.-
(Distante.) No le había visto. No sabía que
estaba usted aquí. |
STALIN.-
¿No te alegras de verme?
|
BULGÁKOV.-
Es sólo que he pasado una mala
noche. ¿No podríamos tomarnos un día de descanso?
|
STALIN.-
¿Un día de descanso, con todo lo que tenemos
que hacer? (Pone ante BULGÁKOV la pluma y el papel.)
¿Por dónde íbamos? Léeme por dónde
íbamos. |
BULGÁKOV.-
«La respuesta positiva
que dio a mi amigo Zamiatin, me permite albergar la esperanza
de que...». |
STALIN.-
Quita «esperanza». Pon «certeza». ¿Cómo
queda? |
BULGÁKOV.-
«... me permite albergar la certeza
de que también mi petición será escuchada».
|
STALIN.-
...de que también mi petición será
respondida positivamente. Lo que le pido es que, sin más
rodeos, me haga saber qué espera de mí. Le
pido luz acerca de mi futuro... (Deja de dictar.) No, no,
tacha eso... (Dicta.) Le pido una orden categórica.
Lo pido como última instancia... (Deja de dictar.)
Eso es. Ése es el tono... ¿Qué es lo que ocurre,
Mijail?
|
—241→
|
BULGÁKOV.-
Preferiría dejarlo por
hoy. |
|
(Silencio.)
|
STALIN.-
Así que quieres que me
vaya. Muy bien. Todos necesitamos estar solos de vez en cuando.
(Silencio.) No me estarás ocultando algo. |
|
(Lo mira
fijamente. Hasta que BULGÁKOV le muestra unos folios
manuscritos.)
|
STALIN.-
¿Una novela? ¿La segunda parte de
La guardia blanca? |
|
(BULGÁKOV niega. STALIN hojea
los folios.)
|
STALIN.-
¡Una obra de teatro! ¡Cinco escenas
en una sola noche! Porque lo has escrito esta noche, ¿verdad?
Así que ahora escribes de noche, como el diablo. Se
te ocurrió un argumento y escribiste cinco escenas
sin parar, por eso no has pegado ojo. Ya sabía yo
que me ocultabas algo. (Descubre algo en los folios.) Y trata
sobre el diablo, ¡qué interesante! (Mira de reojo
a BULGÁKOV.) Vamos, Mijail, cuando a un escritor se
le ocurre un argumento, se pone la mar de alegre. ¿Cómo
es que tú estás triste? |
BULGÁKOV.-
Los teatros de la Unión Soviética no van a
querer mi obra, Iosif Visarionovich. |
STALIN.-
¿Cómo
que no? ¿Dónde te gustaría que se representase
tu obra? |
BULGÁKOV.-
Por querer, en el Teatro de Konstantin
Stanislavsky. |
STALIN.-
Pues ahora mismo voy a llamarle.
Precisamente he pasado esta tarde por allí y me he
indignado al no ver en cartel ninguna obra tuya. |
BULGÁKOV.-
¿Va a hacer que estrenen mi obra? |
STALIN.-
Está hecho.
Déjame que haga una llamada. (Toma el teléfono.
Marca.) Tú tranquilo, Mijail, siéntate. (Al
teléfono.) Señorita, señorita, ¿me escucha?
¿Es ahí el Teatro de Stanislavsky? (Lanza una mirada
a BULGÁKOV.) Póngame con el camarada Konstantin
Stanislavsky. (Cubre el aparato con la mano y pregunta a
BULGÁKOV: «¿Qué horario prefieres? ¿Tarde?
¿Noche?». Descubre el aparato.) ¿Stanislavsky? Aquí
el camarada Stalin. (Guiña un ojo a BULGÁKOV.)
Mire, Konstantin, no me gusta meterme en las cosas del teatro,
pero tengo en mis manos una obra que... ¿Konstantin?... ¿Está
—242→
usted ahí? (Como el teléfono funciona mal,
STALIN se enfada, resopla.) Me va a oír ese ministro
de Telecomunicaciones, lituano tenía que ser.. Mierda
de teléfono... Señorita, ¿es ahí el
Teatro de Stanislavsky? Póngame con el director. Sí,
con Stanislavsky, ¿es que hablo en chino? ¿Quién está
al aparato? ¿Es el Teatro de Stanislavsky? Aquí el
camarada Stalin. ¡No se ponga nerviosa, no cuelgue! ¿Me pone
o no me pone con el director? (Silencio.) ¿Qué demonios
pasa con este teléfono? (Se ha cortado. STALIN cuelga,
colérico.) Lituano tenía que ser, ese imbécil. (A BULGÁKOV.)
Y tú, ¿harás el favor
de quitar de mi vista esa camisa? ¿No te he dicho mil veces
lo que opino de ella? |
|
(Silencio. STALIN necesita un tiempo
para calmarse.)
|
STALIN.-
Perdóname. Perdona que te
haya hablado así. Sabes lo mucho que te respeto. Es
sólo que... Estoy rodeado de incompetentes... Te prometo
que mañana mismo me ocuparé de esa nueva obra
tuya. Deja que le eche un vistazo.
(Se sienta y abre el manuscrito.) Tu letra ha cambiado mucho durante estos años. Antes
era ancha y regular. Se ha vuelto muy apretada. Hay palabras
que no entiendo. Nos estamos haciendo viejos, Mijail. |
|
(STALIN
lee en silencio. BULGÁKOV observa sus reacciones ante
el manuscrito. Algunas son positivas; otras resultan más
difíciles de interpretar. Bruscamente, STALIN se levanta
para irse.)
|
BULGÁKOV.-
¿Se va usted? |
STALIN.-
¿No
querías estar solo? |
BULGÁKOV.-
(Señalando
el manuscrito.) ¿No va a decirme qué le parece? |
STALIN.-
Tengo que hacer. |
BULGÁKOV.-
(Señalando el
manuscrito.) ¿No cree que el paso de la segunda a la tercera
escena...? |
STALIN.-
(Interrumpiéndole.) Lo siento,
Mijail, tengo mucho trabajo. |
BULGÁKOV.-
Excusas.
|
STALIN.-
Tengo que cubrir el país con una gran red
telefónica, desde Kaliningrado hasta Kamchatskiy.
Eso lleva su tiempo. |
BULGÁKOV.-
No puede irse todavía.
Tenemos que hablar de mi viaje. |
STALIN.-
¿Viaje? ¿Qué
viaje?
|
—243→
|
BULGÁKOV.-
Mi solicitud de salir al extranjero...
Si es que una obra como ésta no puede ser escrita
en la Unión Soviética. |
STALIN.-
Ah, te refieres
a eso... |
BULGÁKOV.-
¿Ha decidido usted algo al respecto?
|
STALIN.-
Pero si ya has estado en el extranjero, Mijail.
|
BULGÁKOV.-
Jamás. |
STALIN.-
Según la
Enciclopedia Soviética, estuviste en Finlandia en
1921. |
BULGÁKOV.-
Esa información es errónea.
|
STALIN.-
¿Errónea? Una información de la Enciclopedia
Soviética, ¿errónea? |
BULGÁKOV.-
Nunca
he estado en Finlandia. Nunca he puesto un pie fuera de la
Unión Soviética, nunca... |
STALIN.-
(Interrumpiéndole.)
¿Dónde te gustaría ir? (Saca una mapa del mundo.
Lo extiende ante BULGÁKOV. Lo recorre con la mano.)
¿Roma? Demasiado calor. ¿Bruselas? (Cara de desprecio.) ¿Y
Londres? En Londres te las arreglarías bastante bien.
Podrías hacer como Ilia Ehrenburg, que escribe para
que le traduzcan. O podrías aprender a escribir en
inglés, como el polaco Joseph Conrad. ¿O sueñas
con los museos de París? ¿Con las olas del Mediterráneo?
(STALIN sostiene el mapa abierto ante BULGÁKOV. Silencio.)
No puedo imaginarte fuera de tu patria. (Guarda el mapa.)
|
BULGÁKOV.-
Si se me permitiese ser útil a
mi patria... (Le muestra el manuscrito.) Si algún
teatro de la Unión Soviética... |
STALIN.-
(Interrumpiéndole.) Escucha, ya sé lo que vamos a hacer: me resumes por
escrito tu petición, convenientemente razonada, la
metes en un sobre y me la envías al despacho. Veré
qué se puede hacer. |
BULGÁKOV.-
Usted no responde
a mis cartas. ¿Las rompe sin leerlas? ¿Las rompe después
de leerlas? ¿Las conserva? ¿Dónde? ¿Todas juntas,
separadas del resto de la correspondencia, o mezcladas con
otras? La carta del 7 de mayo de 1931, ¿la leyó usted?
¿Ha leído alguna de mis cartas? ¿Subraya las frases
que le parecen importantes? ¿Busca en el diccionario las
palabras que desconoce? ¿O es que no llegan a sus manos?,
¿por eso no las contesta? Si hubiese escrito
—244→
mal la dirección,
me las habrían devuelto. Que yo recuerde, nunca he
olvidado firmarlas. Debe de ser que pasan de funcionario
a funcionario y se extravían por el camino. ¿Cuántos
leen mis cartas? ¿Pasan de despacho a despacho entre los
ministros del Gobierno? ¿Y si son interceptadas? No puedo
confiar en el correo. Mi mujer debería entregárselas
en mano, pero ¿puedo fiarme de ella? No ve con buenos ojos
nuestra relación. Debería llevarlas yo mismo
al Kremlin. Y esperar su respuesta a las puertas del Kremlin
tanto tiempo como fuese necesario. Pero no debo moverme de
aquí. Usted puede telefonear en cualquier momento.
|
|
(Pausa. STALIN lo lleva ante la pluma y el papel.)
|
STALIN.-
No te desanimes. Encontrarás las palabras justas.
Zamiatin lo consiguió. |
BULGÁKOV.-
Zamiatin
lo convenció con una sola carta. |
STALIN.-
Encontró
las palabras adecuadas. También tú lo conseguirás.
|
BULGÁKOV.-
Durante años, Zamiatin compartió
conmigo el papel de diablo. Pero, con unas pocas palabras,
cambió su suerte. ¿Cuál ha sido mi error?
|
STALIN.-
Zamiatin me escribió una carta muy clara.
Su deseo era claro. Sabía lo que quería. Curioso
personaje, tan pequeño, tan asustado. (Lo imita.)
«Fui un niño solitario. Me pasaba las horas en el
sofá, sobre un libro». |
BULGÁKOV.-
¿Recibió
a Zamiatin? ¿Conversó con él cara a cara?
|
STALIN.-
En cuanto leí su carta, entendí lo
que quería y lo mandé llamar. (Lo imita.) «De
mi pueblo recuerdo un cochinillo atado a una estaca, unas
gallinas en una nube de polvo». (Deja de imitarlo.) «Se ve
que amas mucho a Rusia, Zamiatin. ¿Dónde naciste?».
(Lo imita.) «En el mismo centro del mapa hay un círculo
diminuto: Lebedian, en la provincia de Tambov». ¿Has estado
alguna vez en Lebedian, Mijail? |
BULGÁKOV.-
Leí
algo sobre ese lugar en Tolstoi. ¿O fue en Turguéniev?...
Así que se entrevistó personalmente con él.
|
STALIN.-
¿Sabías que a Zamiatin, siendo un muchacho,
un perro rabioso le mordió una pierna? Como le gustaba
experimentar consigo mismo, decidió esperar a ver
qué pasaba: (Lo imita.) «¿Me volveré loco?;
¿qué sentiré cuando empiece a volverme loco?».
|
—245→
|
|
(STALIN ríe a carcajadas.)
|
BULGÁKOV.-
¿Por
eso le dejó salir de la Unión Soviética?
¿Porque le hizo reír? |
STALIN.-
No comprendes nada,
Mijail. Nada de nada... El caso es que Zamiatin masticó
trocitos de jabón y se presentó al maestro
de la escuela con la boca llena de espumarajos. Convenció
al maestro de que lo enviase a San Petersburgo, porque en
Lebedian no tenían vacuna contra la rabia. Así
es como Zamiatin llegó a San Petersburgo. Quería
ir allí y así fue como lo consiguió.
¿Conocías esa historia? |
BULGÁKOV.-
Me la ha
contado mil veces. Zamiatin siempre cuenta las mismas patrañas.
También le contaría que, cuando llegó
a San Petersburgo, sólo tenía una medalla que
le habían dado en Lebedian por sus buenas notas. Y
que, al estallar la Revolución, llevó su medalla
a una casa de empeños, y el dinero que le dieron se
lo envió a Lenin para ayudar a los bolcheviques.
|
STALIN.-
¿Y no fue así? |
BULGÁKOV.-
Zamiatin
no fue a San Petersburgo a que lo vacunasen contra la rabia,
sino a estudiar en la Universidad. Y luego se marchó
a Inglaterra a trabajar. Estaba en Inglaterra cuando llegó
la Revolución. Se enteró de la Revolución
por los periódicos ingleses. |
STALIN.-
Así
que no estaba en Rusia en octubre. Valiente embustero. No
debí dejarle salir. No estaba en Rusia en octubre.
Cuando volvió, se lo encontró todo hecho. Es
como no haberse enamorado nunca y encontrarse una mañana
casado desde hace diez años. ¿Y tú, Mijail,
dónde estabas tú en octubre? ¿Dónde
estabas cuando se amotinó el Potemkin? ¿Y durante
la rebelión de Sveaborg? Qué tiempos aquellos,
Mijail. ¡Qué tiempos aquellos! |
BULGÁKOV.-
Aún no entiendo por qué le dejó salir.
No puede ser un capricho, usted no hace nada por capricho.
¿Es Zamiatin mejor que yo? ¿Es ése el problema? No
soy lo bastante bueno. |
STALIN.-
¿Cómo puedes decir
eso? (Recita, de memoria.) «Estimado Iosif Visarionovich.
Sombríos presagios se arrastran a mi alrededor como
serpientes...». En tu última carta has alcanzado el
punto más alto de tu obra. Te preguntarás por
qué entonces no tomo de una vez una decisión.
Mijail, tienes enemigos. Tantos, que me es imposible no escucharlos.
A mis oídos llegan comentarios horribles sobre ti.
Sin embargo, tus cartas son mejores cada día. Estoy
convencido de
—246→
que estás a punto de escribirme la
carta adecuada, una carta mucho mejor que la de Zamiatin.
Todo este tiempo no ha sido en vano, Mijail. Estás
a punto de conseguirlo. Ahora más que nunca, no debes
dejar que nada te distraiga. (Toma el manuscrito.) Un arranque
muy ingenioso, siempre me sorprenden tus primeras escenas.
Será una obra magnífica. Pero no olvides cuál
debe ser, hoy por hoy, tu principal objetivo. (Aleja de BULGÁKOV
el manuscrito y pone ante él la carta. Va a salir.
Se vuelve. Señala el manuscrito.) Deberías
guardar bien esos papeles, no vayan a caer en malas manos.
Te enviaré a alguien para que te ayude a guardarlos.
|
|
(STALIN sale. Al salir, se ha cruzado con la mujer. Ésta
viene de la calle. BULGÁKOV no la mira. Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
Hasta el último momento, pensé:
«Mijail sabe que es peligroso. No me dejará ir sola».
Hay otro Moscú, ¿sabes?, más allá de
los muelles. Allí el río está sucio,
los cuervos se posan sobre la nieve de la orilla. Estaba
pensando «Mijail debería estar aquí, conmigo»,
cuando oí el silbido de un hombre que me sonreía
con las manos en los bolsillos. Caminé detrás
de él un cuarto de hora o más. Entró
en una casucha y pensé: «En el último momento,
Mijail aparecerá». En la casucha había una
mesa llena de pasaportes sin foto y sin nombre. El hombre
dijo: «¿Ha traido las fotos?». Luego me preguntó los
nombres. Deberías haber estado conmigo, cuando le
dije tu nombre. (Pausa.) Ni siquiera en el mercado negro.
Nadie quiere vender un pasaporte a Mijail Bulgákov.
Hasta los peores escupen, en cuanto menciono tu nombre.
|
|
(BULGÁKOV y la mujer se miran en silencio. Hasta que
ella descubre el manuscrito. Se pone muy contenta.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Una novela? ¿La segunda parte de La guardia blanca? (Lo
toma. Lo hojea.) ¡Una obra de teatro! |
|
(BULGÁKOV le
arrebata el manuscrito.)
|
BULGÁKOVA.-
¿No vas a leérmela?
|
|
(No hay réplica.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Ni siquiera
vas a decirme de qué trata? |
BULGÁKOV.-
Del
diablo. Estoy escribiendo sobre el diablo. |
|
(BULGÁKOV
entierra el manuscrito bajo las cartas.)
|
IX
|
|
Pausa. Las
cartas han invadido el lugar. Bulgákov no lleva su
vieja camisa. Las manos de STALIN están pintadas de
blanco.
|
STALIN.-
¿Mijail Afanásievich Bulgákov?
|
BULGÁKOV.-
Yo Soy. |
STALIN.-
Buenos días,
camarada Bulgákov. |
BULGÁKOV.-
Buenos días,
Iosif Visarionovich. |
STALIN.-
Hemos recibido sus cartas.
Las hemos leído con los camaradas. Quiere marcharse
al extranjero, ¿no es eso? Está harto de nosotros.
|
BULGÁKOV.-
Últimamente me he hecho mil veces
la misma pregunta: ¿Puede un escritor ruso vivir fuera de
su patria? |
STALIN.-
Yo también me hago a menudo esa
pregunta. Pero hablemos de usted. ¿Dónde quiere trabajar?
¿En el Teatro de Stanislavsky? |
BULGÁKOV.-
Claro que
me gustaría. Pero no he recibido más que negativas.
|
STALIN.-
Presente una solicitud. Tengo la impresión
de que esta vez la aceptarán. Tendríamos que
reunimos para charlar. |
BULGÁKOV.-
¡Oh, sí,
Iosif Visarionovich, tenemos que conversar! |
STALIN.-
Habrá
que encontrar un momento apropiado para ello. |
|
(Pausa larga.
STALIN escribe allí donde BULGÁKOV solía
hacerlo; BULGÁKOV no escribe.)
|
BULGÁKOV.-
No comprendo. Estabas a punto de convocarme a un encuentro
cara a cara. ¿Por qué no hemos llegado a encontrarnos?
Me rompo la cabeza tratando de comprender. Tratando de comprender
qué ha sucedido desde entonces. |
STALIN.-
No es hacia
atrás, sino hacia delante donde tienes que dirigir
tu mirada. ¿No ves en el futuro nada para ti? |
BULGÁKOV.-
Debí adelantarme y proponerte una fecha y una hora.
Me faltó valor. ¿O fue el cansancio? ¿O la sorpresa?
Llevaba tanto tiempo esperando... Me levantaba y me acostaba
con ello en la cabeza. De pronto, suena el teléfono.
Fue como un milagro. Mi gran
—248→
ocasión. Ahora ya no
hay nada que hacer, es demasiado tarde. Cometí un
error fatal. Arrastraré mi culpa mientras viva. |
STALIN.-
«Arrastraré mi culpa mientras viva». ¿Por qué
siempre tienes que ponerte tan trascendente? «Cometí
un error fatal». Si no lo hubieses cometido, ¿el sol brillaría
de otro modo? |
BULGÁKOV.-
Si no lo hubiese cometido,
ahora estaría escribiendo, en lugar de hablando solo
como un poseso. |
STALIN.-
Me aburre tu continua queja. Te
pasas el día refunfuñando. |
BULGÁKOV.-
Podrías decirme: «No escribas más, dedícate
a otra cosa». A lo mejor me lo has dicho. ¿Me lo has dicho?
|
STALIN.-
No me marees, Mijail, tengo mis propios problemas.
¿Sabes cuánto cuesta un metro de hilo telefónico?
|
BULGÁKOV.-
No comprendo nada. ¿Por qué se
retiene a un escritor cuyas obras no se autorizan? Si al
menos levantases la prohibición sobre Los días
de los Turbín... |
STALIN.-
Hablas como si en la Unión
Soviética se hiciese mi voluntad. ¿Crees que no cuenta
la opinión de los otros camaradas? Molotov, Kalinin,
Yagoda... |
BULGÁKOV.-
Has hecho borrar mi nombre de
todos los teatros de la Unión Soviética. |
STALIN.-
Qué injusto eres. Bien sabes que soy tu más
fiel espectador. He visto quince veces Los días de
los Turbín, ocho veces El apartamento de Zoika. Puedo
recitar escenas enteras de tus obras. En particular, de aquellas
que los camaradas y yo hemos tenido que prohibir. Ponme a
prueba. ¿Quieres oír La isla púrpura de arriba
abajo? (Recita.) «¡Dimitri, los obreros están ensuciando
con sus botazas el mármol de la escalera!...». |
BULGÁKOV.-
Lo peor no es que yo esté desesperado. Lo peor es
que también mis obras lo están. |
STALIN.-
Stalin
te lee. ¿Qué más quieres? |
BULGÁKOV.-
Todo lo que he escrito está en una situación
desesperada. |
STALIN.-
¿No sabes hablar de otra cosa que
de lo mal que te va en la vida? Vives de las heridas. De
chupar tus heridas. De que no se cierre la herida, de eso
vives tú. En lugar de pasarte los días y las
noches dándole vueltas a aquella maldita llamada,
podrías hacer algo positivo. Sabes a qué me
refiero.
|
—249→
|
BULGÁKOV.-
Eso nunca. |
STALIN.-
¿Nunca
cambiarás, Mijail? Tú crees que la gente no
puede cambiar, ¿verdad? Ése es el tema de todas tus
obras: la gente no puede cambiar. También de esa pieza
que estabas escribiendo últimamente. ¿Qué es
de ella? Aquella obra sobre el diablo. |
BULGÁKOV.-
Tú sabrás. Entraron unos policías y
se llevaron el manuscrito. Dijeron que se lo llevaban al
GPU. ¿Qué es el GPU? ¿Llamáis así ahora
la censura, GPU? |
STALIN.-
¿GPU? La primera vez que lo oigo.
Preguntaré a Molotov. GPU... |
BULGÁKOV.-
Lo
pusieron todo patas arriba. Traían un papel oficial:
«Orden 2.287, expediente 45». |
STALIN.-
GPU... Preguntaré
a Molotov. Pero dime: ¿Has escrito más escenas? |
BULGÁKOV.-
Ni una palabra. Es imposible escribir después de un
registro, sabiendo que te vigilan. |
STALIN.-
Tú, tranquilo.
¿Te hemos arrestado alguna vez? |
BULGÁKOV.-
Pero ¿y
mi obra? ¿Qué han hecho con ella? ¿La han quemado?
|
STALIN.-
Eso es imposible. Los libros no arden. Y menos
esa clase de libro. Una obra muy interesante en su planteamiento.
Confusa, sin embargo, en su desarrollo. El arranque es magnífico:
un hombre y una mujer a los que visita el diablo... Lástima
que el personaje de ella esté tan poco desarrollado.
Te lo he dicho muchas veces: tu punto débil es siempre
el personaje femenino. ¿Y si tratases de hacerla un poco
más compleja? Por ejemplo: ¿Y si fuese ella la que
abre la puerta al demonio? La imagen central es formidable:
el diablo paseándose por Moscú, entrando en
las casas de la gente... Tienes tanto talento, Mijail, tu
imaginación es tan poderosa... Pero ¿por qué
todo lo que escribes tiene que ser seco y sombrío?
Esas colecciones de rusos que parecen sacados de un manicomio...
Como si la Revolución no los hubiese cambiado ni un
poquito. Te gusta destacar las monstruosidades de nuestra
gente, los peores rasgos de nuestro pueblo... ¿Por nada del
mundo escribirás una obra que haga feliz a Stalin?
|
|
(Pausa. BULGÁKOV niega.)
|
—250→
|
STALIN.-
¿Ni siquiera
por ella lo harás?
|
|
(Señala a la mujer, que
viene de la calle. Agotada. Ya no le extraña ver a
BULGÁKOV hablando solo. Tiende una carta a BULGÁKOV.)
|
STALIN.-
Reconozco que estaba equivocado respecto a ella.
Pensé que se vendría abajo. Pero no, hasta
ha aprendido a coser. Aunque ¿a qué precio? Mira sus
manos. ¿Cuántas veces se hirió remendándote
aquella camisa? Pobrecita. No fue educada para esto. ¿Cuántas
veces te remendó aquella camisa? ¿Mil veces? ¿Un millón
de veces? No quiere aceptar que el mundo ha cambiado. ¡Estamos
en el siglo veinte! Pobrecita. La sombra de tu desgracia
ha caído sobre ella. Yo pensaba: «Se vendrá
abajo. Le pedirá de rodillas que escriba una obra
para Stalin». Pobrecita. Las cosas que tiene que oír
sobre ti. La gente es así, creen lo que leen en Pravda.
Escupen el suelo que pisa, en cuanto menciona tu nombre.
Incluso en el mercado negro, allí donde sólo
van los traidores. |
BULGÁKOV.-
(A su mujer.) Te dije
que no era el camino correcto. Hay que ir directamente a
Stalin. |
STALIN.-
Pobrecita. Está a punto de estallar.
«Nunca nos ayudará, Mijail. A menos que... ¿Quieres
que escapemos de la miseria? Si es así, toma la pluma
y da una alegría a ese cerdo». |
BULGÁKOV.-
(A su mujer.) No puedo. |
STALIN.-
«Sabes escribir mentiras.
Escribe las mentiras que Stalin quiere oír». |
BULGÁKOV.-
(A su mujer.) No. |
STALIN.-
«¿Ni siquiera lo intentarás?».
|
BULGÁKOV.-
(A su mujer.) No sería capaz. Aunque
lo intentase con todas mis fuerzas. |
STALIN.-
«Llámale
y dile que te dicte. Que firmarás la obra que a él
se le antoje, con burgueses envenenando a ancianitas y bolcheviques
repartiendo naranjas a los niños». |
BULGÁKOV.-
(A su mujer.) Lo mejor que puedo hacer es escribirle una
carta. (Toma papel y pluma.) |
STALIN.-
«Por una vez, ¿podrás
tragarte tu estúpido orgullo? ¿Serás capaz
de fingir una pizca de arrepentimiento? ¿De disimular tus
—251→
ideas? ¿Podrás escribirle algo así como: «Le
aseguro, camarada, que en el futuro seré su más
leal compañero de viaje»?». |
BULGÁKOV.-
(A
su mujer.) ¿Lo tomas por tonto? No me ganaré su simpatía
con embustes. Debo dirigirle una carta sincera. Cuando se
trata de Stalin, sólo vale una cosa: la verdad. |
STALIN.-
«La verdad no nos ha ayudado hasta ahora. ¿Dónde nos
ha arrastrado, tanta verdad?». |
BULGÁKOV.-
(A su mujer.)
Le pediré una cita. Cara a cara, le haré comprender
mis razones. |
STALIN.-
«Nunca te recibirá. No quiere
hablar contigo». |
BULGÁKOV.-
(A STALIN.) Ella cree
que fue una alucinación. Que en realidad nunca me
telefoneaste. Sin embargo, yo escuché perfectamente
cómo me decías: «Camarada Bulgákov,
no podemos permitirnos prescindir de usted. Vamos a encontramos
usted y yo para hablar acerca de su futuro». ¡Lo dijiste!
¡Querías recibirme! Pero ¿qué ha pasado desde
entonces? ¿Qué está pasando? Ella cree que
aquella llamada fue una trampa. Que condujiste la conversación
conforme a tus intereses y la interrumpiste cuando te vino
bien. Que me manejaste. |
STALIN.-
A menudo me pregunto si
esta mujer te conviene. |
BULGÁKOV.-
La convivencia
con ella se está volviendo imposible. Cada día
es peor. |
STALIN.-
Por lo menos te ha quitado aquella camisa
espantosa. |
BULGÁKOV.-
No me la ha quitado. Yo mismo
tuve que tirarla por la ventana. Insoportable, se está
poniendo insoportable. |
STALIN.-
Y todo el día mareándote
con el mismo serial: «La vuelta al mundo de Zamiatin». |
BULGÁKOV.-
Telegrama de Zamiatin desde Amsterdam; postal de Zamiatin
desde España... |
STALIN.-
¿Y en la cama? |
BULGÁKOV.-
No sé. Desde hace tiempo... No sé qué
me pasa. |
STALIN.-
Lo dices como si fuera tuya la culpa.
|
BULGÁKOV.-
No sé.
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—252→
|
STALIN.-
¿Ha conseguido
hacerte creer que tú eres el culpable? ¿Y todavía
se atreve a decir que yo te manejo? Te sientes culpable de
estar conmigo en lugar de con ella, ¿no es así? Verdaderamente,
esta mujer sabe cómo moverte los hilos. Ni siquiera
te atreves a tocarme. |
|
(Pausa. BULGÁKOV se atreve
a tocar a STALIN. Silencio.)
|
BULGÁKOV.-
Si al menos
volvieras a llamarme... |
STALIN.-
¿Estás intentando
sobornarme, Mijail? |
BULGÁKOV.-
No, no. |
STALIN.-
Corromperme. |
BULGÁKOV.-
No. |
STALIN.-
Corromper a
la nación. ¿Es eso lo que pretendes? |
|
(Se aparta bruscamente
de BULGÁKOV. Éste queda en el aire, como aquél
a quien el amante se le evapora entre los brazos. Su mujer
todavía le tiende la carta.)
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BULGÁKOVA.-
Carta
de Zamiatin desde París. |
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(Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
No es para ti. La envía a mi nombre. Quiere que me
vaya con él. Ya sabes cómo es Zamiatin. Siempre
sabe lo que quiere, y siempre habla claro.
(Pausa. Deja
la carta. Se acerca a él. Lo toca.)
|
BULGÁKOVA.-
Vayamos a la frontera, Mijail. Tú y yo, sin papeles,
sólo con nuestra voluntad. Vamos a la frontera. Para
atravesarla, sólo necesitamos estar juntos.
|
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(Pausa.)
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BULGÁKOV.-
¿Irme de Rusia? |
BULGÁKOVA.-
Sólo
necesitamos estar juntos. Donde sea. Mijail, donde tú
quieras, con tal de que estemos juntos. |
|
(Pausa.)
|
BULGÁKOV.-
¿Irme de Rusia? ¿Ahora, cuando él está tan
cerca de aceptar mi punto de vista? Mi última carta
le ha producido una honda impresión.
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—253→
|
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(Pausa.)
|
BULGÁKOVA.-
¿Por qué no te mata? ¿Por qué no envía
a alguien a que acabe el trabajo? Habría muchos dispuestos
a hacerlo. Todos esos que me escupen. Todos me escupen, en
cuanto menciono tu nombre. |
STALIN.-
(A BULGÁKOV.)
¿Tiene que ir a todas partes con tu nombre por delante? Seguro
que podría conseguir un pasaporte para sí misma.
Incluso en el Comité de Asuntos Extranjeros, siempre
que no vaya cacareando tu apellido. Dile que solicite un
permiso para viajar sola al extranjero. Se lo entregarán
al instante. |
BULGÁKOV.-
No querrá irse sin
mí. Habrá que obligarla, Iosif Visarionovich.
Sácala de Rusia, lejos de nosotros, donde no pueda
hacemos daño. |